Me encanta el espacio,
dormir sola.
Rodar y rodar en la inmensa cama sin chocar
torpe
contra otro cuerpo
cálido
[¿quién podría desear algo así?].
Me encanta abrir los brazos
de punta ................................................................a punta
de mi fortaleza de cuatro esquinas abrazando,
con una sonrisa de sueño feliz, a mi enorme amante invisible de cuatro esquinas.
Por que me deleito con este sinvivir de
sábanas frías y alcobas vacías.
Y es que adoro cada centímetro de distancia como
una arteria reventando,
venero cada segundo de ausencia con
el respeto que se le tiene a los somníferos.
¿Y qué si no puedes dormir?
No hay nada mejor que esto.
Unos ojos verduzcos secos dentro de cuencas corroídas,
encayados como un navío arrastrado...........................por la tormenta,
o el cuerpo famélico en un esfuerzo por imaginar de nuevo
el más dichoso de sus sufrimientos:
esos bocetos disecados en una memoria fiel a los tropiezos
-bélicos, de sangre y prozac, de ginebra y cúter, de hermosos peces de plástico-.
En definitiva soñando con tirarse al vacío desde los pies de la cama
y caer hecha un enjambre de articulaciones sobre un regazo
que odia el sexo
y enloquece con las niñas mimadas.
Has encontrado tu sitio,
pequeña víbora psicópata.
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